El siglo eléctricoCapítulo 5 de 12

El regreso de la máquina eléctrica

Motores, calor, electroquímica y robótica reorganizan producción, capacidades y la geografía industrial de la electricidad fiable.

The Return of the Electric Machine

La electrificación moderna suele narrarse desde la perspectiva del consumidor. El automóvil se carga, la bomba de calor calienta, la placa de inducción cocina. Su efecto más profundo se encuentra en la producción.

Las máquinas eléctricas son precisas, controlables y extraordinariamente eficientes en muchas aplicaciones. Los motores pueden ajustar con exactitud la velocidad y el par. Los arcos eléctricos generan un calor enorme. Los procesos electroquímicos separan, recubren y transforman materiales. La electrónica de potencia convierte la electricidad no solo en fuerza, sino en fuerza controlada.

Por eso, la máquina eléctrica regresa al centro de la política industrial.

Los accionamientos eléctricos pueden sustituir combustibles fósiles en las fábricas. Las bombas de calor pueden proporcionar eficientemente calor de baja y media temperatura. Los hornos de arco eléctrico pueden fundir chatarra de acero. La electrólisis puede producir hidrógeno para procesos químicos. La robótica combina sensores, motores y software en sistemas flexibles de producción. Algunos procesos moleculares o de alta temperatura siguen siendo difíciles de electrificar; otros se rediseñan cuando se dispone de electricidad barata y fiable.

La electrificación no sustituye máquinas por equivalentes idénticos. Cambia las cadenas de producción.

Un motor de combustión obliga a la energía a atravesar una secuencia de ignición, calor, presión y movimiento mecánico. Un motor eléctrico convierte la energía en movimiento de manera más directa y puede controlarse digitalmente. Eso reduce pérdidas y mantenimiento, pero altera cadenas de suministro, cualificaciones y modelos de negocio. Allí donde hacen falta menos piezas móviles, algunos proveedores pierden su mercado. Allí donde la electrónica de potencia y el software ganan importancia, surgen nuevas dependencias.

Para los trabajadores, el progreso técnico nunca es simplemente alivio. Redistribuye el valor de las capacidades.

La fábrica del futuro puede necesitar menos personas en algunos puestos y más técnicos, electricistas, desarrolladores de software, planificadores de red y trabajadores de mantenimiento en otros. Un soldador no pierde su valor porque un robot pueda soldar. Pero el oficio cambia cuando la persona configura, supervisa o repara el proceso. Los sistemas educativos construidos en torno a profesiones estables sufren presión cuando las máquinas cambian más deprisa que las reglas de formación.

El énfasis en la tecnología avanzada no debe ocultar la electrificación cotidiana. Una bomba de agua fiable puede devolver más vida a una comunidad que un modelo espectacular de AI. La refrigeración reduce las pérdidas de alimentos y protege medicamentos. La iluminación amplía el tiempo para aprender y trabajar. Las herramientas eléctricas aumentan la productividad de las pequeñas empresas. El valor de desarrollo de la electricidad no procede de la conexión por sí sola, sino de su uso productivo. El Banco Mundial ha advertido que las inversiones en acceso sin amplias aplicaciones productivas pueden beneficiar de forma desproporcionada a quienes ya están en mejor situación.[5]

La cuestión social aparece dentro de la técnica: ¿quién puede transformar electricidad en capacidad?

Un consumo elevado puede indicar una industria productiva, pero también edificios ineficientes, maquinaria antigua o despilfarro subvencionado. Un consumo bajo puede significar eficiencia o pobreza. Los kilovatios-hora no poseen moral propia. Su significado procede de las capacidades que crean y de los costes que imponen.

El regreso de la máquina eléctrica también alterará la ubicación de la producción. Los procesos intensivos en energía migrarán hacia lugares donde la electricidad sea fiable, asequible y políticamente previsible. Los lugares ricos en generación, pero pobres en redes, seguirán limitados. Los lugares con redes excelentes, pero costes sistémicos elevados, pueden conservar su conocimiento y perder inversión. La electricidad se convierte en una nueva forma de geografía industrial.

La automatización refuerza este cambio. A medida que disminuye la proporción del trabajo en los costes de producción, aumentan en términos relativos la importancia de la energía, el capital, el tiempo de entrega, la seguridad y el acceso al mercado. La producción puede regresar más cerca de los clientes o concentrarse alrededor de un pequeño número de nodos eléctricos.

La tentación política consiste en presentar cada nueva fábrica como prueba del éxito de una estrategia. Pero la ceremonia de colocación de la primera piedra no es el momento decisivo. Importa que la planta siga siendo productiva diez años después, reciba repuestos, encuentre personal cualificado y gane su coste de capital.

La AI puede contemplar el futuro. El transformador todavía lo repara alguien que lleva herramientas.

No es una defensa romántica del trabajo antiguo. Es un recordatorio de que toda civilización automatizada depende del cuidado humano. Cuanto más complejo se vuelve el sistema, más valiosas son las personas que detectan sus fallos silenciosos antes de que se conviertan en crisis visibles.

La máquina eléctrica no se limita a sustituir al ser humano. Desplaza la frontera entre músculo, conocimiento, atención y responsabilidad. Que el resultado sea liberación o dependencia no lo decide el motor por sí solo. Lo decide el orden en el que funciona.

Fuentes y notas

  1. World Bank/ESMAP, Accelerating the Productive Use of Electricity: https://documents1.worldbank.org/curated/en/099092023192023389/pdf/P1751521d3f58f6f1307c1499619e141b8baef6de8dd.pdf