El primer siglo eléctrico
De las primeras redes a la infraestructura de las infraestructuras: por qué la segunda electrificación conecta máquinas, datos y decisiones.

Prólogo — Cuando el futuro se queda a oscuras
Un apagón es una lección involuntaria sobre la civilización moderna.
Al principio, todo se limita a quedar en silencio. Se detienen los aires acondicionados, los ascensores y las máquinas. Después, teléfonos y portátiles pierden su conexión con el mundo exterior. Las estaciones de telefonía móvil recurren a sus baterías, las bombas ya no pueden mover agua y los comercios dejan de aceptar pagos electrónicos. Las cadenas de frío empiezan a romperse. El transporte, el trabajo y la comunicación se vuelven más difíciles. Si el apagón dura lo suficiente, una avería técnica se convierte en una crisis social y económica.
Lo que desaparece no es solo la electricidad. Desaparece la capacidad de operar otros sistemas.
Por eso, la electricidad no es una mercancía ordinaria ni una mera rama del sector energético. Es la capa operativa común de la sociedad moderna. Casi todos los futuros que hoy se nos prometen —movilidad eléctrica, fábricas automatizadas, inteligencia artificial, administración digital, robótica o vuelos espaciales— presuponen que se podrá suministrar más electricidad con mayor fiabilidad que hasta ahora.
Sin embargo, a menudo hablamos de ese futuro como si su fundamento físico ya existiera. Debatimos sobre modelos de AI sin hablar de centrales eléctricas. Planificamos vehículos eléctricos sin tener en cuenta las redes de distribución. Añadimos nueva generación y tratamos la potencia firme como una nota administrativa al pie. Celebramos la caída del precio de la electricidad durante determinadas horas mientras pueden aumentar los costes de red, almacenamiento y reserva.
El enchufe quizá sea la promesa más exitosa del Estado moderno: nadie piensa en ella hasta que deja de cumplirse.
La escasez decisiva del siglo eléctrico no es necesariamente la energía en sí. La Tierra recibe cantidades inmensas de energía solar. Contiene combustibles fósiles y uranio y está rodeada de viento, agua y calor. La escasez reside en nuestra capacidad de hacer que esa energía esté disponible en el momento adecuado, en el lugar adecuado y en la forma requerida.
Entre una fuente de energía y su valor social existe un sistema:
Energía → conversión → red → equilibrio temporal → aplicación → posible rendimiento económico
Esta cadena es la columna vertebral física del dossier. No afirma que cada kilovatio-hora deba pasar por una batería. «Equilibrio temporal» designa la capa compuesta por almacenamiento, reservas, generación flexible, gestión de la demanda e interconexiones que mantiene alineadas oferta y demanda en todo momento. Y «posible rendimiento económico» contiene la salvedad crucial: el consumo eléctrico por sí solo no genera productividad ni prosperidad.
Cada etapa requiere materiales, capital, tecnología, decisiones políticas y confianza. Cada una puede convertirse en peaje, cuello de botella o instrumento de poder.
La geopolítica cambia con ello. Durante el siglo XX, el acceso al petróleo determinó la movilidad industrial y el alcance militar. El petróleo sigue siendo importante en el siglo XXI, pero sobre él se está formando un segundo orden de poder. En su centro están la generación, las redes, los semiconductores, los centros de datos y la capacidad de transformar electricidad en información.
La inteligencia artificial es la expresión más visible de este cambio. Parece un software inmaterial, pero se está convirtiendo en una nueva industria pesada. Sus fábricas son los centros de datos. Sus máquinas son los chips. Su materia prima es la electricidad. Su financiación depende de los mercados de capitales, los Estados y las expectativas de futuras ganancias de productividad.
La apuesta por la AI es, por tanto, mayor que la carrera por construir el mejor modelo. Es la apuesta de que todo un orden físico, financiero y político funcionará.
El siglo eléctrico no lo ganará el país que simplemente produzca más electricidad. Importará la capacidad de distribuirla con fiabilidad, utilizarla productivamente y aprender de los fallos. La energía debe convertirse en infraestructura; la infraestructura, en capacidad de acción; y la capacidad de acción, en valor social.
Esa es la verdadera transformación.
El siglo XX preguntó quién poseía los combustibles.
El siglo XXI preguntará quién puede construir con ellos —y, cada vez más, sin ellos— un sistema eléctrico que funcione.
La afirmación de que el siglo XXI será el siglo eléctrico tiene una debilidad evidente: el siglo XX ya fue eléctrico.
La luz eléctrica prolongó el día aprovechable. Los motores distribuyeron la fuerza dentro de las fábricas sin depender de una máquina de vapor central, ejes y correas. La refrigeración transformó la alimentación, el comercio y la medicina. La radio y el teléfono separaron la comunicación de la velocidad de desplazamiento de una persona. Lavadoras, aspiradoras y otros electrodomésticos cambiaron la distribución del tiempo, el trabajo y las expectativas de comodidad. En las ciudades, los tranvías se convirtieron en infraestructura móvil; en el campo, la conexión a la red fue un paso para salir del aislamiento.
La electrificación no fue un solo invento. Fue una nueva capacidad de conectar inventos entre sí.
Cuando Edison puso en funcionamiento en Nueva York, en 1882, uno de los primeros sistemas de suministro eléctrico a gran escala, no se limitó a ofrecer una lámpara mejor. Combinó generación, cables, contadores, tarifas, mantenimiento y clientes de pago. Esa fue la innovación más profunda. Una bombilla sin central seguía siendo una pieza de exposición. Una central sin red era solo un edificio lleno de grandes máquinas. Únicamente el sistema convirtió la electricidad en algo cotidiano.[1]
Esta primera electrificación transformó profundamente la sociedad, pero siguió siendo más sectorial de lo que sugiere la mirada retrospectiva. Gran parte del transporte continuó funcionando con petróleo. El calor procedía del carbón, el gas, el fuelóleo o la biomasa. Muchos procesos industriales de alta temperatura dependían de la combustión. La agricultura y la logística mundial dependían de combustibles líquidos. Incluso la fábrica electrificada recibía a menudo sus materiales de un mundo cuyos barcos, camiones, minas y procesos químicos funcionaban con energía fósil.
La segunda electrificación es diferente. No se limita a añadir más aparatos eléctricos. Convierte la electricidad en la capa universal de traducción entre energía y acción.
Un motor eléctrico puede mover un vehículo; una bomba de calor, calentar un edificio; un horno de arco eléctrico, fundir acero; un electrolizador, separar moléculas; y un chip, ejecutar miles de millones de cálculos. Fuentes de energía distintas —sol, viento, agua, fisión nuclear, gas, carbón o calor geotérmico— pueden transformarse primero en electricidad y traducirse después en formas muy diferentes de trabajo útil. La electricidad no estandariza el mundo, pero proporciona a sus máquinas un lenguaje común.
El siglo eléctrico no consiste, por tanto, únicamente en producir más electricidad. Consiste en acoplar sistemas que antes estaban separados:
- el transporte pasa a formar parte del sistema eléctrico;
- el calor pasa a formar parte del sistema eléctrico;
- los procesos industriales pasan a formar parte del sistema eléctrico;
- la comunicación y el dinero ya forman parte del sistema eléctrico;
- la AI hace que también el conocimiento y la preparación de decisiones dependan de la electricidad.
Este acoplamiento genera eficiencia y nuevas libertades. En muchas aplicaciones, un motor eléctrico es más eficiente y controlable que un motor de combustión. Una red gestionada digitalmente puede coordinar millones de generadores y consumidores distribuidos. Una aldea con electricidad fiable gana tiempo para aprender, trabajar y recibir atención médica. Sin embargo, según el Banco Mundial, alrededor de 666 millones de personas aún carecían de acceso a la electricidad en 2023. No es una pequeña brecha técnica. Es una frontera que limita las posibilidades humanas.[2]
El acoplamiento también crea una vulnerabilidad compartida. Cuando la comunicación, los pagos, la movilidad, la calefacción y el trabajo dependen de la misma capa operativa eléctrica, aumenta el coste de un fallo. Una sociedad puede volverse al mismo tiempo más eficiente y más frágil. Elimina reservas, automatiza rutinas y acorta los plazos de entrega, para descubrir durante una crisis que la fricción era a veces otro nombre para un amortiguador.
El primer siglo eléctrico trajo luz, fuerza y comunicación. El segundo conecta máquinas, datos y decisiones. La diferencia no es absoluta, sino gradual. Más allá de cierto punto, la cantidad se convierte en un nuevo orden.
La electricidad fue una infraestructura crítica del siglo XX.
En el siglo XXI se convierte en la infraestructura de las infraestructuras.
Fuentes y notas
- Smithsonian National Museum of American History, “Power from the People” y “Thomas Edison’s Inventive Life”: https://americanhistory.si.edu/explore/stories/power-people-rural-electrification-brought-more-lights y https://invention.si.edu/invention-stories/thomas-edisons-inventive-life
- World Bank Data360, “Access to Electricity: Who Remains Without Power?”: https://data360.worldbank.org/en/atlas/electricity-access/
